6 motivos para defender las listas abiertas

6 motivos para defender las listas abiertas

A lo largo de este 2015 hemos asistido a varias citas electorales, pero ninguna tan interesante como la que viviremos el próximo 20 de diciembre, con dos partidos nuevos, Ciudadanos y Podemos, que llegan con grandes aspiraciones. Su incursión en la vida política ha puesto patas arriba nuestro sistema bipartidista y ha colocado la palabra ‘regeneración’ en el centro de muchos debates, como consecuencia, entre otras cosas, de los casos de corrupción que hemos ido desayunando a lo largo de los últimos años. En esa apuesta por regenerar la política creo que sería fundamental finiquitar nuestro sistema de listas cerradas y bloqueadas y apostar por otro de listas abiertas, bloqueadas, de momento, y después ya iremos viendo. Y justifico mi opinión en los puntos siguientes:

1. Expresión máxima de democracia.

Elige el ciudadano entre lo que quiere y no entre lo que hay. En los últimos días, con motivo del fichaje de una de las ex caras de UPyD, Irene Lozano, muchas voces dentro del PSOE han tenido que apretar los dientes y acatar la decisión adoptada por el secretario general, Pedro Sánchez Dos días después de conocerse la noticia, publicaba esto es su cuenta de Twitter, que bien podía interpretarse como una explicación.

La conveniencia o no de incluir independientes da para otro post. Pero centrándonos en este, está claro que quien aspire a votar en Madrid la lista socialista tendrá que apoyar a Lozano, quiera o no quiera. Esto no ocurriría con un sistema de listas abiertas y bloqueadas, donde los electores escogen a aquellos candidatos  que les suscitan mayor confianza. La fórmula existe para las elecciones municipales en aquellas poblaciones de menos de 250 habitantes.

2. Mayor interés de los candidatos.

Con un sistema de listas abiertas, manteniendo la provincia como circunscripción, las siglas no servirían de escudo; seguirían siendo una parte determinante del voto, sí, pero en la misma proporción lo serían los nombres. Serviría para que no existiesen militantes de primera y de segunda, o, así tuviera que ser, que fueran los propios votantes quienes les otorgaran tal categoría. De esta forma, el que aspirase a ocupar un cargo en alguna de nuestras instituciones se implicaría mucho más en el trato directo y en conocer de cerca y en tiempo real las inquietudes de quienes tienen que respaldarle en la consecución de su objetivo.

3. Menor castigo a los partidos (o menos doloroso).

Directamente relacionado con lo que escribía en los dos puntos anteriores. Las siglas serán siempre las siglas y alguna de ellas tiene más de un siglo de historia. Todas llevan implícitos unos valores y unas aspiraciones por construir un modelo concreto de sociedad; por ello, todos nos sentiremos más identificados con unas o con otras. Ahora bien, una cosa son los programas (que también deberían abrirse a la sociedad en su conjunto cuando están siendo configurados) y otra quienes tienen que ejecutarlos. La inclusión de un candidato que no genere confianza o no sea del gusto del electorado puede conllevar, quizá no a un cambio de siglas a la hora de votar, pero sí a un voto en blanco y, en el peor de los casos, una abstención. Las listas cerradas, en ocasiones, llevan, por ejemplo, a incluir en una candidatura a nombres que nada tienen que ver con la provincia por la que concurren, los llamados ‘cuneros’ o ‘paracaidistas’. Esto no responde más que a estrategias partidistas que al ciudadano de pie se le escapan y castiga.

Otro ejemplo de un castigo menor a los partidos lo puedo contar en primera persona. En las municipales de 2011 concurrí por primera vez, junto a dos candidatos más, en una lista electoral bajo las siglas del PSOE. Mi pueblo tiene menos de 250 habitantes, por lo que lo hicimos en una lista abierta. Allí, el voto es tradicionalmente conservador, pero de los cinco concejales que debían escogerse, tres fuimos los de la lista socialista y dos del Partido Popular. Las circunstancias que motivaron cada uno de nuestros votos forman parte de quienes los emitieron, pero baste decir que en la urna de las autonómicas el PP ganó por goleada. Y que al cabo de cuatro años de tres hemos pasado a cuatro concejales.

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Y digo, por otra parte, menos doloroso porque cierto es que el sistema de listas abiertas existe ya en el Senado y algún que otro susto ha dado ya a los partidos, que ha visto cómo los votantes han alterado el orden que las direcciones han preestablecido. En el Senado, escogemos abiertamente sí, pero cada partido ya se encarga de vendernos a su candidato. Y, a veces, no gusta el que el ‘aparato’ apoya y se opta por otra opción sin cambiar de siglas. Con un sistema de listas abiertas se evitarían crisis internas dentro de las formaciones y humillaciones a los aspirantes ‘favoritos’ (todavía recuerdo la noche electoral de las Generales del 2008 en Salamanca), porque todos conoceríamos las reglas del juego y tendríamos mucho mejor asumido aquello que siempre nos tratan de enseñar cuando somos niños: el saber perder.

4. Un atractivo para los no militantes.

Honestamente creo que poder hablar claro con el voto animaría a acercarse a la política a aquellos a los que hoy les hastía. Insistiendo en el convencimiento de que un sistema de listas abiertas conllevaría a una mayor cercanía de los candidatos al electorado, ello permitiría que los votantes no militantes tuviesen una referencia clara de quién les representará en la institución de turno y les diesen en un voto que en una lista cerrada jamás otorgarían. El ‘son todos iguales’ que oigo a muchos amigos míos desencantados con la cosa política igual cambiaría por ‘Fulanito o Menganita me da buen rollo, creo que se implica’.

5. Mayor libertad para el voto en conciencia.

No son muchas, pero todos hemos sido testigos de cómo a veces algunos diputados se han manifestado en contra de la opinión general de su partido y se han saltado la disciplina de voto.

Sin embargo, el pertenecer a un grupo determina, salvo casos puntuales que terminan con sanción o dimisión, el apoyo a una ley o proyecto.

Con un sistema de listas abiertas, creo que tendría prevalencia el interés general a la hora de votar sobre el de los partidos y no se castigaría tanto como ahora o no obligaría a dimitir a nadie. O sí, pero la presión sería mucho menor. Cada cual debería votar escuchando a quienes le colocaron en el puesto y no respondiendo a los réditos que le reporte el resultado a su partido.

6. Fin del clientelismo político.

Este es el punto más controvertido. Cierto es que la mayor parte de los partidos escogen ya a sus candidatos vía primarias, pero aún queda mucho que trabajar en la democracia interna de todos ellos, incluso en aquellos con mayor carácter asambleario. El ‘si te mueves no sales en la foto’ es una realidad. Pocos de los que llegan a ocupar puestos de relevancia, en lo público y en lo orgánico, tienen la valentía de apostar por rodearse de una cuota de críticos, prefieren los ‘palmeros’. Aquí mi postura sobre las listas en aún más radical: no solo abiertas, sino también desbloqueadas. Obligaría a ser más tolerante y a dialogar, empezando desde lo orgánico. Porque de nada sirve querer regenerar lo de fuera cuando tenemos atrasado lo de dentro.

Y a vosotros, ¿qué os parece el sistema de listas abiertas?

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